
Eduardo Mendoza
|
|
Tweet |
Maruja Torres retrató con empatía y cierta nostalgia el Raval de su juventud en 'Esperadme en el cielo', ficción protagonizada por sus amigos Terenci Moix y Manuel Vázquez Montalbán, que le valió el Premio Nadal en el año 2009. La Barcelona que nos describe la autora nos ha servido para reflexionar sobre la fuerza literaria de una ciudad que, en numerosas ocasiones y en manos de grandes escritores, ha sido mucho más que un mero escenario de novela para convertirse prácticamente en un personaje más. He aquí, a nuestro juicio, las obras literarias fundamentales con la ciudad como protagonista.
Todos sabemos de qué hablamos cuando hablamos de ciudades como Nueva York, París, Berlín, Los Ángeles... Tanto si nunca las hemos pisado, como si sólo conservamos un vago recuerdo de tiempo lluvioso, moquetas de hotel llenas de ácaros y café sorprendentemente malo. Existe un elemento común en cualquier acercamiento a una ciudad desconocida: el intento de encajar lo mejor posible nuestra experiencia física al recorrer sus calles con la experiencia obtenida en libros y películas.
Nos consta que es una práctica habitual leer sobre las ciudades que visitamos (¿acaso no les entrarían unas terribles ganas de leer a Murakami o de ver Lost in Translation si supiesen que van viajar a Tokio?) y esta costumbre responde no tanto a la necesidad de obtener información útil cuanto de ambientarnos, de familiarizarnos con el escenario del que, de algún modo, formaremos parte. Incluso podemos aventurarnos a afirmar que el recuerdo que obtengamos de una ciudad será más o menos agradable en función del grado de parecido que ésta logre alcanzar con la imagen que previamente nos hemos formado de ella a través de la ficción.
Esto confirma en cierta medida la sospecha de que la ficción es capaz de fijar en nuestra mente imágenes más intensas y duraderas que nada a lo que la propia experiencia física pueda aspirar. Es el relato de las ciudades lo que es realmente poderoso, nuestro contacto real con ellas no pretende sino revivir ese relato del modo más fiel posible.
Por ese motivo, Nueva York hace bien en guardar enorme gratitud a Woody Allen o a Scorsesse o París a Proust, o Madrid a Almodóvar, por citar los ejemplos más obvios. Construir una ficción sólida, un relato consistente sobre una ciudad, equivale a fijar para siempre su carácter. Si no contasen con el soporte de la ficción, París o Nueva York serían únicamente sitios con un clima infame y espantosamente caros.
Todas las grandes ciudades aspiran a construir su propio relato, a alzarse sobre la enorme cantidad de suciedad e incomodidades que acumulan para convertirse en un gran escenario en el que los visitantes puedan representarse a sí mismos.
Llegados a este punto, cabe hacerse una pregunta: ¿cuenta Barcelona con un relato propio? ¿Sabemos exactamente de qué hablamos cuando hablamos de Barcelona? La ficción ha reflejado Barcelona desde ángulos diferentes, dando lugar a múltiples versiones de la ciudad que conforman un mosaico (o mejor dicho, un trencadís) de piezas heterogéneas e irregulares que, sin embargo, acaban encajando a la perfección, formando una superficie reconocible, con personalidad propia.
'L’Auca del senyor Esteve' de Santigo Rusiñol, un clásico de la literatura catalana, refleja el conflicto clásico que perdura en la sociedad catalana, el espíritu práctico del botiguer versus la creatividad, en el marco de la Barcelona emergente y en proceso de reinventarse del siglo XIX. El mismo carácter pragmático y laborioso que el Sr. Esteve, más un plus de iniciativa empresarial y movilidad social ascendente lo encontramos en el Onofre Bouvila de 'La ciudad de los prodigios' (Seix-Barral, 1986) de Eduardo Mendoza. Esta novela, convertida en un clásico contemporáneo, refleja el impulso y el crecimiento de la ciudad en la época del cambio de siglo, en el intervalo entre la exposición universal de 1888 y la de 1929, con el registro expansivo propio de las novelas–río de otra época.
'Los Baldrich' (Alfaguara, 2010) ambicioso debut de otro joven escritor barcelonés, Use Lahoz, insiste también en esa fértil etapa de la ciudad y se centra en la evolución de un arribista emprendedor en la Barcelona industrial, siguiendo el modelo de La ciudad de los prodigios. En la misma época se sitúa la reciente novela del joven escritor Barcelonés Javier Calvo 'Corona de Flores' (Mondadori, 2010) una novela policíaca gótica cuidadosamente ambientada en la insalubre Barcelona de 1877, que plantea una voluntad de recrear en nuestra imaginación el intrincado mapa social y urbano de aquella ciudad desaparecida, que sin embargo es la nuestra.
Juan Marsé es probablemente el autor que ha fijado en nuestra imaginación (especialmente para los que no vivimos esa época) la Barcelona de posguerra. 'El embrujo de Shangai' (Plaza y Janés, 1993) es el viaje imaginario de un niño desde la deprimente realidad de las cuestas del Guinardó de la inmediata posguerra hasta un mundo de fantasía y aventura, contado con la sensibilidad y eficacia de un maestro. El personaje del Pijoaparte en 'Últimas tardes con Teresa' (Seix Barral, 1966) se convirtió en paradigma del conflicto de la nueva clase social aparecida tras las primeras oleadas de inmigración, los xarnegos, y su relación con la efervescente juventud burguesa progre de los 60 (el ligeramente irritante grupito que dio en llamarse la gauche divine).
También Terenci Moix recupera en su autobiografía en tres volúmenes 'El Peso de la Paja' (Plaza y Janés, 1998) su infancia en la plaza del Raval a la que hace referencia el título. En algún curso del instituto, probablemente leímos 'Vida Privada' (Editorial Llibreria Catalònia, 1932) de Josep Maria de Sagarra, crónica imprescindible de la burguesía barcelonesa de la posguerra, y su contrapartida social, 'La Plaça del Diamant', que hace que nos acordemos de Rodoreda y la Colometa cada vez que vamos a los cines Verdi.
La trilogía de Carlos Ruiz Zafón compuesta por la exitosa 'La sombra del viento' y las algo menos exitosas 'El juego del ángel' y 'El prisionero del cielo' (Planeta, 2002, 2008 y 2011) recrea, con prosa aplicada, personajes de cartón piedra y una trama folletinesca y trepidante la Barcelona del franquismo, en la que proliferan las húmedas criptas del Gòtic provistas de misteriosas bibliotecas y mansiones del Tibidabo habitadas por fantasmas. Probablemente este best-seller ha atraído a la ciudad a tantos turistas confusos como 'La Catedral del Mar' (Grijalbo, 2006), el no menos superventas de Ildefonso Falcones ambientado en la Barcelona medieval que narra los trabajos que darían lugar a la catedral del título, con un rigor histórico, calidad literaria y prolija extensión comparables a las del catálogo de IKEA.
Un nombre mayor de la narrativa, Manuel Vázquez Montalbán, reflejó en su serie negra la Barcelona mugrienta y provinciana del post-franquismo. El detective Pepe Carvalho, un gourmet que alimentaba la chimenea de su casa de Vallvidrera con clásicos de su bien provista biblioteca, se movía con soltura por el sórdido Barrio Chino preolímpico, pre MACBA y pre CCCB del que, salvo Casa Leopoldo, apenas quedan restos en el nuevo Ravalistán, siguiendo la máxima lampedusiana de que todo tiene que cambiar para que todo siga igual.
Otro nombre importante que ha recreado su particular visión de la ciudad es Luis Goytisolo. El menor de los Goytisolo ajusta las cuentas con su infancia, sin nostalgia y con profundidad, en 'Estatua con Palomas' (Siruela, 1993) una mirada elegante y precisa al pasado de la ciudad.
Francisco Casavella, en su monumental 'El día del Watusi' (Mondadori, 2002) recrea su propia visión de Barcelona y usa de nuevo el arquetipo del arribista emprendedor (el tipo que caminaba como si bailara) como motor de una novela que se extiende durante casi mil páginas desde el post-franquismo hasta los fastos olímpicos, y que muestra una panorámica de un Montjuïc plagado de chabolas de las que surgían tipos dispuestos a comerse el mundo. La mayoría sólo consiguió unas migajas.
Los escritores jóvenes (entendiendo por joven nacido a partir de 1970), también buscan crear su propio escenario en la ciudad. Gonzalo Torné protagonizó un ambicioso (quizá demasiado) debut con 'Hilos de sangre' (Mondadori, 2010) donde la ciudad es una presencia constante en la que Clara, la joven protagonista, intenta desembarazarse del peso de su familia burguesa y de su fracasado matrimonio. El antes mencionado Javier Calvo, un tipo tan prolífico como precoz, ya mostró en 'Mundo Maravilloso' (Mondadori, 2007), por ejemplo, una visión "posmoderna" (si nos permiten el horrible adjetivo) de Barcelona, propia de quien ha leído con devoción a David Foster Wallace. En 'El fin de la guerra fría' (La Otra Orilla, 2008), de Juan Trejo, tres personajes de distintos continentes confluyen en un momento de sus vidas fragmentadas y líquidas (en el sentido baumaniano del término) en la Barcelona actual.
El maestro Roberto Bolaño hizo transitar brevemente por Barcelona a algunos personajes de 'Los detectives salvajes' (Anagrama, 1998), una obra maestra universal, pero su prematura desaparición nos privó de una visión más completa del autor chileno sobre una ciudad que conocía bien.
Por último, 'Odio Barcelona' (Melusina, 2008) fue una peculiar iniciativa de una inquieta editorial independiente que se convirtió en pequeño hit local. La editorial pidió a varios autores jóvenes un breve ensayo sobre por qué odian Barcelona. En esta obra, de encomiable espíritu guerrillero (casi fanzinesco) pero de contenido muy irregular, destaca la aportación de Agustín Fernández Mallo. Fernández Mallo, autor que goza de status de rockstar en el mundo literario actual, reconoce en su pieza que no conoce la ciudad lo suficiente como para odiarla, así que realiza una performance literaria: se planta en la Pza. George Orwell con una Olivetti y pide a los transeúntes que escriban lo que sienten al respecto (la gente odia bastantes cosas de la ciudad), y después fotografía el cielo que ven las estatuas humanas desde el metro cuadrado de suelo que tienen asignado. Un bonito cielo. POR ALBERTO BARCELONA
|
|
Tweet |
